viernes, 23 de octubre de 2015

En tus manos


Dices que no tienes destreza en las manos, que no las controlas, que no puedes tenerlas quietas, que te sudan, que te agobian, que te estorban para vivir. Dices que el mejor sitio para ellas son los bolsillos. Dices que lo tuyo es el corazón y el cerebro, que ellos son las manos que te abren todas las puertas. Dices que, si pudieras (si ellas te dejaran), te las quitarías, así de fácil: te quitarías las manos y se las echarías de comer a los gatos. Dices que las manos te dominan, que piensan por sí mismas, que te esperan al final de los brazos para matarte, para dormir en tu cuello, para sacarte los ojos de la cara, para darles la vuelta a tus venas... Dices que por la noche se mueven solas y clavan agujas en tu cerebro para que se te escapen los pensamientos y entre en ti la locura. Dices, dices en este papel húmedo y manchado, que han sido ellas las que han dispuesto la cuerda, la silla, el salto y el silencio. Aún así te concedieron tu último deseo, escribir estas líneas. Dices que dejas la carta en la cómoda. Sin embargo, yo la encontré en una de tus manos.

sábado, 17 de octubre de 2015

A su paso



Pero hay que tener en cuenta a los hombres extraños
que, al sentarse, se sacan los demonios públicamente
y gritan, lloran, cantan, insultan
porque del camino de rosas que les prometieron
sólo han visto
y tocado
y olido
las espinas.
Esos hombres, andando son simples locos
que se asombran de las formas de las nubes
y no critican, no acusan, no hablan.
De ahí que la manera de tenerlos en cuenta
sea quitar, a su paso, todas las sillas
y soplar mucho, mucho, mucho
en dirección al cielo.

domingo, 11 de octubre de 2015

Lo que no son juegos


La persona que más te quiere
hoy tampoco sabe dónde te ha puesto.



(Fotografía de Kati Horna)

jueves, 1 de octubre de 2015

El grifo




Silabeando
segundos terminados en   u
dice que no hay siesta… y no hay siesta.

Oírlo
no me da sed:
me da hidrofobia.

Pero no me voy a levantar,
pues la pereza
es mi llave de paso

de tres y media a cinco,
y yo tampoco estoy
bien cerrada a esas horas.

De Esta dichosa ansiedad doméstica