miércoles, 14 de noviembre de 2018

Impresentables más

De nuevo estaré en Impresentables a no ser que me caiga un meteorito encima con todo su peso cósmico cinco minutos antes, en cuyo caso me retrasaría un poco. Este sábado en Libro Taberna El Internacional, Toledo sin ley.



domingo, 11 de noviembre de 2018

Más que Apenas o la Trashumancia de David




Vi a David Trashumante en Cosmopoética, no hará un mes, recitando poemas de “Apenas” (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2018). Lo he visto otras veces recitando poemas de libros anteriores y doy fe de su presencia escénica, de su locuacidad, de su ingenio, de su ironía. Pero otro Trashumante –sin dejar atrás a sus demás Trashumantes– se había plantado en el escenario. Era un Trashumante sobrio, más lírico que nunca, con ecos de Pizarnik y de Mestre, sobre todo. Mientras recitaba, pude ver su mundo entretejido por versos largos a punto de desintegrarse. Y también veía a quienes le escuchaban con cara de no comprender exactamente aquel código extraño y mágico que los abstraía hasta el punto de no poder mirar hacia otro lado ni oír otra cosa más que a David diciendo Dicen






He terminado de leer el libro en un tren y me he preguntado en movimiento muchas cosas acerca de la poesía, del lenguaje, de los poetas. He encontrado en estos versos a David Trashumante felizmente sereno, rompedor, emotivo, sabio, preguntándose (con la voz de siempre) y respondiéndose (con otra voz). Sus inquietudes y trashumancia, que no es ni muchísimo menos de apodo sino de verdadera condición, no le permitirán anclarse tampoco en este estilo, sospecho. Porque ha demostrado en más de una ocasión no estar dispuesto a acomodarse ni a perdurar bajo el auspicio de ninguna etiqueta. Lo cierto es que ha escrito un buen libro, uno diferente. Y los que le quedan.



Perdonadme si las imágenes no son muy nítidas. He hecho varias pruebas y las fotos no quieren salir exactamente claras.  Como han querido salir las dejo.

lunes, 29 de octubre de 2018

Nueva oleada de falsos oriundos


Regreso de alguna parte.
He debido caminar mucho, pues
no llevo zapatos
(me los comí cuando me quedé sin agua
y el resto del camino
lo tuve que hacer trepando, volando,
molestando a la nube de siempre,
ensayando con la lengua acrobacias rentables
después de limpiar una pistola cargada).
No es que tenga sueño.
Es que tengo que soñar.

domingo, 14 de octubre de 2018

Mi casa a los ladrillos

Me hacían daño los zapatos y me los quité. Tenía calor y me deshice del abrigo. Me cansé de mirar el reloj y lo lancé lejos y así dejé de tomar mis medicinas, de ir a trabajar, de quedar con nadie y otras actividades que implicaran estar pendiente del tiempo. Me volví enferma, pobre, solitaria, descalza, ligera. Regalé mi casa a los ladrillos, mi ropa a las ovejas, mis libros a los árboles, mis flores a la primavera. Pero todavía necesitaba desprenderme de más cosas. Respiré hondo y me pesaban los pulmones, maldita sea… ¿lo entendéis ahora?

sábado, 29 de septiembre de 2018

El asunto de la sal está bien llevado




Levantar la cabeza, dejar de tutear a las baldosas.
Asegurarme de que hay una puerta de cristal
(recordar que del aire no se cuelgan
carteles con horarios de comercio).
No mirar atrás. No mirar atrás. Ni por asomo mirar atrás.
Enfrentarme a la almibarada sonrisa del dependiente.
Preguntar si estoy en Gomorra o si estoy en Sodoma:
escuchar dos veces sí. Examinar al dependiente.
Él es dulce. Su perfil es una carta de postres.
Seguro que sus besos son caramelos masticables.
Él es azúcar. Él es azúcar. Pero yo necesito sal, la pido.
Comentar que el asunto de la sal está bien llevado
porque existió antes de ser imaginada, y no al revés,
y porque es la piedra que se come.
Decirle que antes de pagarla debo probarla.
Coger un puñado y arrojarla sobre mi hombro siniestro,
espantando así al espectro de las horas impares.
Pagar porque funciona. Pagar y esperar la vuelta.
Dudar entre cederle el paso al eclipse
o correr en dirección a la trastienda
y zambullirme en los sacos de sal
hermanándome con los delfines blancos.
Saber que, haga lo que haga, me convertiré en estatua
porque, al mirar, miro hacia adelante y miro hacia atrás.
Agachar la cabeza, tutear a las baldosas.
Evitar mi propia descomposición
ante la imposibilidad de eludir la ajena.
Guardarme el hambre donde la sed.
No decir adiós. No decir adiós. Decir dos veces nada.

martes, 25 de septiembre de 2018

Esperando en la estación a la chica del psiquiátrico, de Óscar Aguado

Estuve fuera y estuve más fuera todavía. Estuve incluso en otro país. Estuve incluso en otro país donde el mediodía era una sombra en la que reinaba durante cinco minutos una abeja. Las abejas en otros países no son como en otros mares. Trabajé, escribí y viajé. Leí un libro maravilloso que me tuvo absorta aquellos días, perdón, aquel país, no, aquella abeja, sí. E hice esta reseña que apareció publicada en El coloquio de los perros. Ahora que he aterrizado en septiembre, aunque de nuevo sea un post tardío, la dejo aquí y me preparo para retomar el blog. Me gusta mucho "Esperando en la estación a la chica del psiquiátrico", de Óscar Aguado. A veces me gusta más ir, y otras volver. Lo que no me gusta no está por aquí. Qué bien.

lunes, 20 de agosto de 2018

Voix Vives 2018

Como cada verano desde hace seis, ando zambullida aquí. Espero que cuando pase la vorágine (aunque todo este 2018 está resultando una vorágine en sí), pueda sentarme con tranquilidad a mimar mi blog, entre otras cosas. Aquí, el cartel:



Y aquí, el programa


viernes, 20 de julio de 2018

Las veletas para el aire

Esa propensión a desplantar los pies de la tierra para levitar hasta conseguir mirar a una nube a los ojos, la he heredado de mi padre, el helicóptero, que se ha jubilado pero sólo oficialmente, pues mantiene las hélices bien altas. Primero lo coloco todo en orden, hago planes; luego pulso mi botón de encendido y con mi aleteo mecánico los desbarato. Será cierto que las cosas vienen como tienen que venir, pero eso son las cosas: las personas queremos ser señales de tráfico para, precisamente, cosas nuestras; las veletas para el aire. Hoy, aquí, lanzo una moneda y sale cara de cruz. Pruebo con un billete, pulso mi botón de encendido y lo destrozo. Merodeo Pekín.