lunes, 17 de julio de 2017

La prosa y la música


¿Por qué me habré distanciado de la prosa?, ¿qué me dieron a cambio la poesía y la tristeza sino tristeza y poesía? En paralelo, ¿qué pasó con la música? No se escondió, como creía, debajo de los zapatos que dejé de ponerme porque además de hacerme incómodamente más alta, con ellos podía acelerar el crecimiento de las bombillas (una vez una se infló tanto que era como un globo luminoso aerostático y me subí a ella y qué bonitas postales vi desde arriba, sí, pero todas quemadas...). El caso es que la música no estaba ahí y, si bien a veces viene a verme (algo que yo no hago con ella, lo reconozco), lo hace con prisa y me dice que tiene mal aparcado el coche y que debe irse enseguida. ¿Dónde has aparcado el coche, dónde vas, dónde vives? -le pregunto con los ojos como ventanas inspiradas. Y me responde que la cuestión no es dónde sino qué: ¿qué coche y qué prisa tiene la música?, ¡qué descalza va y sin bombillas! Con la prosa me ha ocurrido casi, casi lo mismo. Pero ella nunca se ha perdido del todo, siempre he sabido dónde está. Lo que pasa es que antes vivía conmigo y después se fue a vivir al piso de al lado. No sería un problema si no fuera porque a veces el piso de al lado no existe.

jueves, 13 de julio de 2017

La guardiana de mi puerta

No ladra, no come, no necesita que la pasee. A cambio de agua, me avisa de las llegadas con una sombra nueva. Intenta reflejarse en el espejo. Lo conseguirá.


viernes, 7 de julio de 2017

Atún además encebollado



No puedo hacerlo todo yo:
pelar y pelar cebollas y pelar y pelar cebollas,
llorar y llorar y llorar hasta reinventar el mar,
poblarlo con algas, larvas y naufragios,
difundir leyendas de héroes vegetarianos,
fomentar las raspas,
echar el sedal o, en su defecto, un tendón,
sestear bajo un sombrero,
esperar a que pique algún atún miope,
tener fuerzas para alzar sus mojados quilos,
llevarlo a casa a rastras, con cadena y bozal,
presentárselo a las cebollas para que congenien,
explicarle con delicadeza que está muerto
y una vez lo asuma, actúe en consecuencia
y se quede quieto, trocearlo, salpimentarlo
y rehogarlo en la cazuela durante un quinquenio
mientras vacuno los cuchillos y el hambre,
repartirlo en dos platos, llevarlos a la mesa,
y además, y encima, y lo que me faltaba,
tener que comérmelos los dos. 

De Hay menú económico


 

domingo, 25 de junio de 2017

La (delgada) línea de las cercanías



Estar frente al bosque y hablar hojas,
emocionarme hasta hablar frutos.
Estar frente al mar y hablar peces,
mojar el silencio.
Frente al anochecer, 
hablar estrellas.
Tener la voz de lo que miro
y no tengo.     

jueves, 15 de junio de 2017

Acrílico no es ningún nombre


Los pintores no duermen. Tienen un mecanismo en el pecho para darse cuerda ellos mismos, y un altavoz en la boca para pedirse los materiales que precisan. Han llegado a las ocho de la mañana, se han puesto los arneses, han encendido la radio al máximo volumen y se han subido al andamio. Los pintores hablan y cantan y se dirigen unos a otros como si estuvieran muy lejos, como si se necesitaran muy desesperadamente, como si le hablaran a un sordo. No es posible establecer una conexión entre los pintores y el tiempo. Picar apenas unos metros para enlucir la pared puede suponer tres horas; quitarse los arreos, dejarlos por medio y subir a la azotea para almorzar, cincuenta segundos; comerse el bocadillo y beberse por lo menos dos cervezas, noventa minutos. A la hora de la siesta vuelven a la faena. Justo cuando el resto de trabajadores trata de dormitar y reponerse de la media jornada transcurrida, los pintores se han subido de nuevo al andamio. Y se llaman. Y chiflan para pedirse materiales que precisan. Y cantan. Y hablan por sus móviles como si también sus interlocutores estuvieran muy lejos, y también les necesitaran muy desesperadamente, y no se estuvieran comunicando por móvil, sino por megáfono, y además con un sordo. Se van y  entonces sobreviene el caos: el silencio, un andamio que cruje cuando el aire se acerca, el suelo que sirve de lecho a colillas y plásticos, la prepotencia del aguarrás, el espasmo rígido en unos guantes repudiados hasta el día siguiente, el mimetismo de los rodillos y las brochas, la ansiedad de las plantas del patio porque sus hojas están manchadas de pintura y jergas, y claman por su derecho a un escorzo digno. Cuando los pintores llegan a sus casas, se meten vestidos en la lavadora y el más enérgico centrifugado los devuelve adictos al suavizante sólo unas horas, lo que dure una aproximación al sueño. Porque los pintores no duermen. Y porque no existe una conexión entre ellos y el tiempo.  Por todo eso, pronto serán las ocho.