sábado, 29 de septiembre de 2018

El asunto de la sal está bien llevado




Levantar la cabeza, dejar de tutear a las baldosas.
Asegurarme de que hay una puerta de cristal
(recordar que del aire no se cuelgan
carteles con horarios de comercio).
No mirar atrás. No mirar atrás. Ni por asomo mirar atrás.
Enfrentarme a la almibarada sonrisa del dependiente.
Preguntar si estoy en Gomorra o si estoy en Sodoma:
escuchar dos veces sí. Examinar al dependiente.
Él es dulce. Su perfil es una carta de postres.
Seguro que sus besos son caramelos masticables.
Él es azúcar. Él es azúcar. Pero yo necesito sal, la pido.
Comentar que el asunto de la sal está bien llevado
porque existió antes de ser imaginada, y no al revés,
y porque es la piedra que se come.
Decirle que antes de pagarla debo probarla.
Coger un puñado y arrojarla sobre mi hombro siniestro,
espantando así al espectro de las horas impares.
Pagar porque funciona. Pagar y esperar la vuelta.
Dudar entre cederle el paso al eclipse
o correr en dirección a la trastienda
y zambullirme en los sacos de sal
hermanándome con los delfines blancos.
Saber que, haga lo que haga, me convertiré en estatua
porque, al mirar, miro hacia adelante y miro hacia atrás.
Agachar la cabeza, tutear a las baldosas.
Evitar mi propia descomposición
ante la imposibilidad de eludir la ajena.
Guardarme el hambre donde la sed.
No decir adiós. No decir adiós. Decir dos veces nada.

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