lunes, 19 de agosto de 2013

El silenciador



Reclamo para mí el poder
de convertir todas las cosas en la imagen
que yo tengo de lo que son las cosas
y ni el mismo sol va a impedir que llueva
cuando yo acuda a la ventana, con prisa,
segura de haber escuchado a la lluvia.
Las gotas irán cayendo del cielo
hallando siempre un hueco para desaparecer,
pero aparentemente porque, en realidad, 
estarán convocando al mar o, en su defecto,
a sus hijos bastardos los charcos.
Aún permanece tu vaso, lleno, en la mesa,
un vaso de whisky de ayer al que miro
absolutamente convencida de que su contenido
es una preciosa mezcla de arsénico y azúcar.
Si estuvieras aquí, te ofrecería el vaso, pues si recibo
un solo golpe más, es muy posible que me vuelva loca.
Al fin he comprendido que tú no vas a cambiar y que yo sí:
he comenzado sustituyendo las cerraduras internas
y estoy pintando la casa del color del aire, 
y si descubro que no está lloviendo, lo juro,
voy a tener que dispararle al sol por la espalda
una y otra vez, y otra, sin que nadie se entere.

6 comentarios:

  1. Arrasando hacia adelante. ¡Me gusta!

    ResponderEliminar
  2. Fuerza en esta prosa!! Transmites esperanza en el desasosiego, lo siento así.
    Saludos Elena.

    ResponderEliminar
  3. Chicas... gracias. Arrasar es una forma de encontrar esa esperanza.

    Abracitos.

    ResponderEliminar
  4. ...estoy pintando la casa del color del aire...
    Basta de darle caramelos a los puercos!

    ResponderEliminar