Algo que está en fuga es algo (materia, fluido o gas) que se está escapando o desvaneciendo de forma sutil o progresiva, pero también, en el campo de la psicología, describe una pérdida de conexión con el presente o con la realidad. “Cuerpo en fuga”, de Marta Gómez de la Vega, publicado por La garúa en 2026, podría ser una de estas opciones pero no es ninguna de estas opciones, es algo más simple: es la huida manifiesta de aquello que no se soporta (por ejemplo, la injusticia, o la violencia).
Imaginad a alguien que esté arriba, muy muy arriba, y lejos, muy muy lejos. Imaginad que abre su mano y deja caer una gota de agua. No llega a tocar el suelo, se evapora por el camino, ni siquiera existe. Bien, no es ese el caso. Ahora detengámonos en Marta que está al lado, muy muy al lado, y cerca, muy muy cerca. Imaginad que abre su corazón y deja caer una gota de agua (porque en los corazones también hay agua, no lo olvidemos). Cuando llega al suelo, porque sí existe, la tierra se tambalea y, los que están cerca, para no caerse, tienen que agarrarse a algo firme (la huella, el recuerdo). Bien, ese es el caso, esa es la poética de Marta. Sus poemas pueden transcurrir de un modo u otro pero, sea cual sea ese modo, su final es demoledor e indiscutible. Los finales de sus poemas son como esa gota de agua que provoca el hundimiento. Nos descolocan, nos conmocionan.
Dividido en tres partes, Marta Gómez de la Vega va presentándonos una historia a la sombra de unos versos y poemas cortos, ajustados a lo infinito, de manera que, aunque compongan la misma historia, componen una historia cada una. Lo que entendemos por planteamiento, nudo y desenlace, Marta Gómez de la Vega lo perfila como anuncio, suceso y brisa.
La sensualidad, la carne, el pasado, la familia, un presente muy marcado, los colores, el acto de sostener, el acto de amar, la respiración, el verano, Córdoba, los estallidos, lo femenino, el placer en diversos formatos y esencias, las manos, la sed… son algunos de los ejes alrededor de los que transitan estos poemas. Constituyen un magnífico despliegue de imágenes y sugerencias que se reproducen suavemente, sin atropellarse pero sin detenerse. Son poemas-semáforo que cambian de color conforme avanza la lectura, y no se ciñen a tres (rojo, verde, ámbar) sino a sus múltiplos. Estamos expuestos, expuestas, al leer “Cuerpo en fuga”, a un gran impacto visual y sensorial orquestado con sutilidad y armonía. Mediante la mínima expresión -ningún alarde, ningún rodeo- provoca el máximo sentido.
Marta Gómez de la Vega confiesa abiertamente que su color es el naranja.

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