Estrechó la mano del vendedor y así cerraron el trato. Regresó a su casa justo cuando su mujer acababa de preparar la cena. El olor a asado y el de la leña ardiendo se habían repartido las habitaciones ordenadamente,
excepto el salón, donde ambos se confundían. Su hijo pequeño corrió a abrazarse
de su pierna. El gato persa observaba la escena al lado de la chimenea. Después
de cenar se sentaron en la alfombra y jugaron a adivinar el conjuro que podría
hacerla volar. Afuera caía nieve horizontal.
La velada fue perfecta. Al día siguiente amanecería solo, como todos los
días.
lunes, 24 de abril de 2017
sábado, 15 de abril de 2017
Primero las campanas
Empezaron
las campanas
(yo
las señalo con el dedo
aunque
ahora finjan inocencia).
Sonaban
todas a la vez
y
un moscardón zumbaba por toda la casa
y
mi vecino batería ejercía como tal, recién despierto,
y
se me caían al suelo los platos,
las
monedas, las canicas, los gritos,
rotando
sobre el eje del ruido,
y
para rematar el estruendo
le
di un gran bocado a una hormiga
y
me indigné, me volví loca:
lo
supe cuando me supe
ladrándoles
a las mariposas
de
forma que cuando todo cesó
yo
no paraba, y dicen que decía
por
qué, por qué, por qué.
De Zaquizamí
domingo, 9 de abril de 2017
martes, 28 de marzo de 2017
Narcolepsia
Otro rescatado del baúl de lo que dije en otros tiempos
Aparecer,
desaparecer.
Vestir el
espíritu con aroma de vainilla o tergal.
No
complicarle la vida a nadie.
Las mañanas
de niebla me miro en el espejo y no estoy,
mi reflejo
se reduce a una nota
–que
dice que he salido un momento–
y una
radiografía de pulmones dañados.
Me
desconozco.
Me toco el
pelo mientras dibujo en el suelo,
con los
tacones, una calabaza de Halloween;
después la
borro con la lengua.
Como miembro
activo del público
te dedico
milibares de ovación anónima,
aunque se me
cierren los ojos al abrirlos y verte.
Créete que
no existo, así se explica
que me
marche sin decir adiós
por la
puerta de salida de los sonámbulos.
He perdido
esa foto en la que, detrás de ti,
asomo yo, en
un hueco donde no podría caber
de no ser
microscópica e invisible.
Anoche me
escuché llegar no porque oyera mis pasos
sino por el
arrastrar de las cadenas.
Entonces
pude dormir.
Hoy alego
narcolepsia para no atender tus llamadas.
Pregúntales
por mí a los restauradores de colchones.
Ellos sí
saben quién soy, te dirán cuánto me odian.
lunes, 13 de marzo de 2017
A la posteridad
Avisaron que venían y te
ensañaste con una pregunta: ¿Por qué, por qué, por qué…? Habías
publicado
libros, eras ilustre. Creías que eso sería suficiente para pasar a la
posteridad. Llegaron. Bombardearon tu mundo y el de los demás.
Destruyeron las
bibliotecas y las librerías. Destruyeron todos los lugares donde había
libros
tuyos y donde no; destruyeron tu casa con tus manuscritos y tu
ordenador, destruyeron tus plazas y tus bares. Bombardearon los nodos de
comunicaciones y los centros de
almacenamiento y distribución de la información: de nada sirvió que
tuvieras
una copia de tus escritos en la nube: destruyeron la nube. No ha quedado
rastro
de tu obra, no hay ninguna prueba física ni virtual de que hayas
dedicado tu
vida a la escritura. Están aquí, a tu lado, te van a degollar. Y en el
futuro,
si es que hay futuro, nadie sabrá cuánto, cuánto, cuánto escribiste sobre ti.
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