sábado, 29 de octubre de 2011

La colcha

   Una de nosotras dos es
   cálida,
suave
y acrílica.
   La otra, cuando no sabe qué decir,
habla.

   Una es síntoma de invierno,
la otra también.

   Sólo una de las dos
   es consciente de su naturaleza
   y vive de acuerdo con ella,
   no admite plancha ni lejía
   y por uno de sus extremos está
   levemente deshilachada.

   De Esta dichosa ansiedad doméstica

domingo, 9 de octubre de 2011

Preoniria

Ese sonido como de flauta con frenillo no proviene de la tienda de animales, sino de mi barriga. Entré en la tienda para mirar, me compró barata un mosquito, me lo comí, se puso gordo y ahora silba cuando se aburre y me da codazos cuando huele a coñac. 

Si no se royeran tanto los huesos de cereza, ya habrían brotado en la calle de atrás más de treinta cerezos por centímetro cuadrado, y al mediodía se descansaría. Pero me tengo que conformar con la tundra en el pasillo, con esta selva hasta las rodillas en la que no se me permite enterrar un acordeón al que no haya amortajado antes envolviéndolo en un mono naranja y chispeante. No importa, porque toda eternidad es pasajera y, además, no siempre me apetece inhumar acordeones (no puedo decir lo mismo de los mosquitos).

Como hoy es día par, late mi corazón. Lo hará hasta el anochecer, momento en que correrá a juntarse con los tambores. Y yo, intentando reconocer su voz entre otras percusiones, me dormiré abrazada a un listado provisional de afectados por la vida. Luego, al despertar en non, seguirá en su sitio aunque invisible. Con un electroshock le haré salir de su escondite, al norte del mosquito y al principio de un hueso de cereza.

La bengala que llevo clavada en la yugular no me la voy a  quitar porque por la  noche me gusta abrir los ojos y encontrarme el cuarto lleno de lanchas que me invitan a coñac para reanimarme. 

domingo, 18 de septiembre de 2011

A salvo de los obstáculos

Si me dejara crecer las cejas
hasta taparme los ojos, el rostro,
me compondría dos trenzas ariscas
por las que bajarían mi niña derecha
y mi niña torcida hasta llegar a mis pies,
las cuales, subidas a la punta de mis zapatos,
me advertirían por dónde tengo que caminar,
ciega, para no topar con ningún ángel muerto,
de esos a los que, creyendo vivos,
les coso piedras a las alas
para que no puedan volar
o no lo hagan conmigo.

De Zaquizamí 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Entre alforjas


Soy la alegre cowgirl
y monto al más bravo toro mecánico,
poseída por el espíritu de las batidoras de Braun,
rompiéndome el menisco mas no la sonrisa,
festejando un corpiño de ante con flecos,
agitando el sombrero a la manera cuatrera, 
rompiéndome un brazo mas no la sonrisa,
jaleando a la vida con nombres de res.

Jimmy toca la guitarra a la vez que la armónica,
moviendo los pies en un baile de espuelas,
pidiendo palmas que coreen huesos rotos. 
Me mira de reojo para comprobar si estoy
rompiéndome el cráneo mas no la sonrisa
o rompiéndome los dientes y, horror, la sonrisa,
con un bote de árnica oculto bajo su chaleco
y mil canciones para llevar entre alforjas.

Nada de esto nos importa demasiado,
porque luego Jimmy soldará mis roturas
con su amoroso hierro candente
junto a una hoguera en la noche
al calor de los coyotes y los cactus,
mientras el aire en las dunas barre,
superficialmente, riesgos del entorno
y silba a los lagartos su sonrisa entera.

sábado, 3 de septiembre de 2011

II



Y ya que un incendio implica soledad,
ausencia sinónima de la blancura,
equivaliendo la desolación al limbo de las ratas,
sólo cabe desear que el cielo se contagie
y llueva, llueva mucho, llueva.
Han de brotar camisas y puentes,
y ya que de un incendio se deduce un campo
y la ciudad se encuentra a pocos versos,
que venga el camino y nos llene de pasos
provistos de una ida y una vuelta
y calculemos la orientación del arco iris
para ponerle un mango y abrirlo
bajo las últimas gotas, y plegarlo
bajo el primer amago de la clorofila.

lunes, 29 de agosto de 2011

Velouria

Winda pensó que lo mejor que podía hacer era soltar lastre. Se quitó las katiuskas, el abrigo de charol y el ataúd, y los arrojó a lo largo del camino de árboles. También se quitó las gafas, y por eso no vio la aldea que tenía enfrente hasta que no se estampó contra ella; contra toda la aldea; porque era muy pequeña; la aldea. Winda la percibía como una masa borrosa de muchos colores, cúpulas con espinas y calles desiertas pero vistosas. Y cómo olía... a flotadores rojos, a mermelada helada, a suspiros positivos, a lluvia de caramelo. Tropezó con un riachuelo pero, como no quería nadar, se limitó a echarse agua en los ojos y en la boca, un agua que al salir de su hábitat se solidificó y transformó en dos lentes y un bozal. Winda veía ahora, sí, y con una claridad insólita, aunque por otro lado no podía morder el polvo, ni la fruta ni las palabras, y eso le hacía temblar de hambre, creer desfallecer, delirar e imaginar al guerrero sentado en una piedra detrás de su lanza, junto a un caballo negro tendido sobre la hierba que, con una máscara de bronce cubriéndole medio rostro y parte de la crin, estiraba las sienes hasta delimitar perfectamente el este y el oeste de la mirada. El guerrero incrustó el pico de su lanza en las lentes y el bozal de Winda y escribió “Hasta otra”, rompiendo así el último de los maleficios; los anteriores no. Winda encontró la salida del lugar saliendo. Pisó un géiser y fue impulsada hacia arriba, hacia los territorios de la luna llena. Se abrazó a ella, se resbaló jugando, y cuando iba a caer al suelo de nuevo, pensó que lo mejor que podía hacer era cambiar su dieta a una más rica en plomo, o desnucarse de una vez por todas.

viernes, 19 de agosto de 2011

Incidental

Mira, nos ponemos
las manos a la altura de las orejas,
más o menos curvadas (las manos,
no las orejas), y decimos palabras en voz baja
sin mover apenas los labios (palabras como:
trípode, otorrino, cojín, piscina, recital)
y entre ellas deslizamos frases importantes
(por ejemplo, nos invitamos a comer gotitas
o nos comunicamos cuánto nos agrada julio),
y nos guiñamos. Y así tendremos (sin escribir)
esos paréntesis que tanto nos gustan.

viernes, 29 de julio de 2011

Génesis

Fue en una playa del sur, fue en la infancia,
fue un domingo cuando descubrí el mar.
Mi madre tuvo que sacarme del agua
arrastrándome, boca abajo, por los pies 
para que no me la bebiera entera,
pero a cambio se aferraron a mi barriga
un guijarro y ciento veinticuatro rocas.
He crecido en dirección a las moragas y,
o algo ha debido salir mal,
o nada ha salido bien.
Rastreando la arena he venido
a las dunas, vendo cocos
y pensamientos.

De Ocho paradas en la arena

miércoles, 20 de julio de 2011

El camino

Había señales de ruedas en el camino.
Los marcos de las puertas y ventanas de aquella casa de tejado plano
estaban perfectamente delineados por la caída angulosa de la hiedra.
En el salón, cuatro cuadros contenían, cada uno, cuatro cuadros dentro.
Una televisión sin cables emitía un documental sobre los diversos tipos de cajas fuertes.
En la cocina, el fregadero compartía el espacio con una mesa invadida por dados.
Complementaban la penumbra del dormitorio
una cama de matrimonio y un techo de espejo.
No había pasillo. Al salir de una habitación se entraba en otra.
Abrir y cerrar puertas no era bastante para encontrar la salida.
Subí por la chimenea hasta llegar al tejado.
En el cielo colgaba una foto enmarcada de la Luna.
Llovía. Caían bloques de gotas sobre las hojas cuadradas de los cuadrados árboles
y borraban
las señales de las ruedas
que una vez dibujaron
el camino.

miércoles, 6 de julio de 2011

Tengo manos

Soy la mujer sin manos. La que en vez de limarse las uñas se abrillanta los muñones. Porque nací sin manos he tenido que salir a buscarlas y luchar por ellas. Todas las noches cavo con los dientes la negra tierra de los cementerios. Porque no tenía manos, tengo ahora no dos ni cuatro sino tantas como he necesitado. Abro un cajón del armario, introduzco los brazos hasta los codos, tengo manos; unas manos blancas de finísimos dedos, suaves, manos para un piano. Abro otro cajón y me pruebo las manos marrones, llenas de callos y heridas, sin uñas o rotas; son las manos de trabajar. En ese cajón guardo las manos anchas y rosas, calientes, que huelen a caricias y a postres, manos de madre, madre... Pero si hay unas manos con las que me identifico plenamente y con las que quisiera morir, son éstas que llevo puestas: manos sin dedos, palmas estériles, cinco vacíos. La posibilidad de coger algo (tengo manos). La imposibilidad de retenerlo (no tengo dedos).


De A propósito de los cuerpos

jueves, 30 de junio de 2011

Estival

El olor a sandía no se va
al abrir las ventanas
porque
no podemos abrirlas.
Moriríamos asfixiados.
.
Tampoco podemos acercarnos mucho al ventilador.
Sus aspas nos amputarían las orejas y la nariz
y esta noche cenaríamos hamburguesas
en vez de un gran vaso de horchata.
.
En la habitación oscura,
donde sudar es sinónimo de plastilina,
rabia la cama, deshecha por las tempestades
desde ayer y hasta mediados de septiembre.
.
Es más refrescante tocar el suelo con los pies
que cruzarlo con patines.
También más lento.
El escaso presupuesto
sólo da para chanclas rosas.