sábado, 27 de diciembre de 2025

Cuento navideño

 

Columpio invernadero, número 2, control remoto que mantiene a los calamares en su sitio para que no redondeen por ejemplo tu frente hasta la pirámide. Estar lejos disminuye la estatura de lo que se va, algo es algo. Ola bajo la cama, peces en la sopa. Otro universo que termina lo que estuviera haciendo sin despedirse. Isla para una mano, brisa para la otra. No me importa escuchar la misma canción varias veces, siempre y cuando la letra sea diferente. Ascendente que me levantas a mí y a quien esté si es que hay alguien más en este campo de lavanda a principios de julio o en Marte.

 


lunes, 22 de diciembre de 2025

Sobre "La eternidad menguante", de Josefina Aguilar Recuenco

 

En El coloquio de los perros aparece esta reseña que he escrito sobre "La eternidad menguante", de Josefina Aguilar Recuenco, obra ganadora del VII Premio Internacional de poesía Juan Rejano y publicada por Pre-Textos.






jueves, 4 de diciembre de 2025

Sacarina

 

Después de seguirle durante un buen rato, justo cuando se adentró en el callejón, le disparé por la espalda. Fumé compulsivamente hasta que dejó, por fin, de gemir y respirar. Me senté a su lado. Vi que sobresalía de uno de sus bolsillos su teléfono móvil; comprobé que estaba encendido. No sé por qué –si el mal ya estaba hecho y por encargo– necesitaba quedarme allí y esperar a que alguien llamara para preguntarle dónde estaba. Yo resolvería esa llamada comunicando, a un interlocutor desesperándose, que el hombre por quien preguntaba ya no vivía. Y entonces podría largarme relativamente en paz y echar el resto de la noche en algún tugurio. Pasaron muchas horas, muchas ratas, muchas moscas, muchos borrachos, un taxi con las luces apagadas, los chicos de Max… hasta el viento pasaba y empezaron a dormírseme las piernas y los ojos. Jugaba al póker conmigo mismo; me daba las cartas con violencia; me hacía trampas. Me peleé con un contenedor, me limé las uñas contra el bordillo… nadie llamaba. Llovió. Dejó de llover. Llovió más fuerte. Dejó de llover más fuerte. Maldita sea, estaba seguro de que en el instante en que decidiera abandonar el cadáver, fuera cual fuera ese momento, sonaría el dichoso aparato. Pero tenía que irme, estaba a punto de amanecer y corría el riesgo de ser descubierto. Me marché lentamente agudizando el oído por si en el transcurso de mi retirada escuchaba el teléfono del muerto, lo cual hubiera sido señal de que alguien se preocupaba por él. No sonó ni sonaría, y me impresionó tanto la soledad de aquel desgraciado que no me pareció relevante que tampoco hubiera sonado el mío en toda la noche.