Para no contar y que me cuenten.
Así estamos hoy.
De profesión, Guadiana
El problema, ante la tormenta,
reside en la posición del paraguas:
sin cerrarlo, habría que ponerlo boca arriba,
sentarnos sobre él y, esquivando esas cosas
que normalmente están quietas,
no navegar, no remar,
dejarnos llevar a donde nunca hemos ido
porque llovía demasiado.
Nueva hornada de "No (tan) ángeles" con nuevas portadas. Lo de dentro es lo mismo, recordad (collages de Rrose Sélaby, prólogo de Rocío Cerón, epílogo de Ddrammi Ggiocosi, ángeles y sus movidas por todos lados, La cartonera del escorpión azul manufacturadora, yo pasando por ahí). Lo de fuera es una versión cartonera renovada 2.0. No hay muchos ejemplares pero qué bonicos son.
![]() |
Podéis pedir un ejemplar a la editorial (lacartoneradelescorpionazul@gmail.com) o a mí (enviadme mensaje por aquí o por otros medios donde sepáis que me localizáis).
Columpio invernadero, número 2, control remoto que mantiene a los calamares en su sitio para que no redondeen por ejemplo tu frente hasta la pirámide. Estar lejos disminuye la estatura de lo que se va, algo es algo. Ola bajo la cama, peces en la sopa. Otro universo que termina lo que estuviera haciendo sin despedirse. Isla para una mano, brisa para la otra. No me importa escuchar la misma canción varias veces, siempre y cuando la letra sea diferente. Ascendente que me levantas a mí y a quien esté si es que hay alguien más en este campo de lavanda a principios de julio o en Marte.
En El coloquio de los perros aparece esta reseña que he escrito sobre "La eternidad menguante", de Josefina Aguilar Recuenco, obra ganadora del VII Premio Internacional de poesía Juan Rejano y publicada por Pre-Textos.
Después
de seguirle durante un buen rato, justo cuando se adentró en el callejón, le
disparé por la espalda. Fumé compulsivamente hasta que dejó, por fin, de gemir
y respirar. Me senté a su lado. Vi que sobresalía de uno de sus bolsillos su
teléfono móvil; comprobé que estaba encendido. No sé por qué –si el mal ya
estaba hecho y por encargo– necesitaba quedarme allí y esperar a que alguien
llamara para preguntarle dónde estaba. Yo resolvería esa llamada comunicando, a
un interlocutor desesperándose, que el hombre por quien preguntaba ya no vivía.
Y entonces podría largarme relativamente en paz y echar el resto de la noche en
algún tugurio. Pasaron muchas horas, muchas ratas, muchas moscas, muchos
borrachos, un taxi con las luces apagadas, los chicos de Max… hasta el viento
pasaba y empezaron a dormírseme las piernas y los ojos. Jugaba al póker conmigo
mismo; me daba las cartas con violencia; me hacía trampas. Me peleé con un
contenedor, me limé las uñas contra el bordillo… nadie llamaba. Llovió. Dejó de
llover. Llovió más fuerte. Dejó de llover más fuerte. Maldita sea, estaba
seguro de que en el instante en que decidiera abandonar el cadáver, fuera cual
fuera ese momento, sonaría el dichoso aparato. Pero tenía que irme, estaba a punto de amanecer y corría el riesgo de ser descubierto. Me marché lentamente agudizando
el oído por si en el transcurso de mi retirada escuchaba el teléfono del muerto,
lo cual hubiera sido señal de que alguien se preocupaba por él. No sonó ni sonaría, y me
impresionó tanto la soledad de aquel desgraciado que no me pareció relevante
que tampoco hubiera sonado el mío en toda la noche.