Áurica Speculari es un libro donde se funden las imágenes y sus sonidos a través de 7 partes (7 regiones delimitadas por tablillas). El escenario, único y múltiple, alterna paisajes postpostcuánticos donde se intuye el momento posterior a lo que hubiera podido suceder, el cual se presenta como si ya hubiera sucedido (porque ha sucedido cada vez que es imaginado). Son paisajes desiertos y a la vez acústicos. Lo espiral y una piedra circulan a lo largo de todo el libro, demostrando que el poema es redondo. Lo tribal, lo animal, lo vegetal, los planetas, los metales, los alfabetos inventados, el ritmo infinito, la figura del padre y su caminar borroso, el muro contra el que choca el grito que retorna, apagado… se imantan entre ellos. Es una narración automática de lo intangible, donde todos los conceptos son de hilo y así, el sentido. El tiempo aparece aquí lleno de fisuras por donde entra y sale lo imprevisto. Un flujo constante de materia y esencia, lo molecular, el idioma a partir de la emoción, del rumor, del balbuceo. El bosque donde, como lectores, nos adentramos para percibir la comunicación desde las raíces del árbol hasta la hoja que está a punto de caer.
Rocío Cerón es, a partes iguales, la Observante (tal como se define en redes) pero también la Escuchante. No hay brizna que se mueva sin que ella la escuche. Porque en su mundo de observación y escucha, todos los sentidos están conectados mediante una sinestesia interminable. “Un margen siempre será tocado por otro margen”, dice Rocío en su silencio interno (nunca el del mundo), con el que es capaz de reproducir el latido pausado de un animal nocturno y alado unas veces, subterráneo otras veces. Ese animal es un animal que es una estrella y es una gota de agua y es la grieta por la que la luz accede a la cueva y la ilumina. Nuevamente, como en anteriores libros, el cuerpo se presenta como receptor y conservador de la memoria necesaria para actuar a través de la piel. Desde joven ha practicado la fusión de sonidos y palabras, acometiendo “experimentos radicales de sonoridad y letras alteradas, multiplicadas, desbarrancadas o ascendentes”.
En paralelo a conceptos astronómicos inmensos (lo interestelar, la nebulosa, el tránsito), vislumbramos personas solitarias que se cruzan con esos conceptos astronómicos inmensos en algún momento de sus vidas sin saberlo (se creían solas). De nuevo la poesía, en manos de Rocío Cerón, es algo sonoro y es algo visual. Es este libro una sala poblada por sombras autónomas que no dependen de ninguna forma específica que las proyecte, es decir, son sombras independientes. Los colores no proliferan en estas páginas, no al menos deliberadamente. A veces porque las imágenes empleadas ya llevan incorporado su propio color, otras veces porque Rocío viene a demostrarnos que el color, en sí, no es importante: solo importa si predomina la luz o la oscuridad. Mediante una poética minimalista, donde el mayor peso recae en el sustantivo y el verbo, llega a la exactitud y a la autonomía.
La muerte, aquí, vuelve el rostro porque es nombrada y tiene curiosidad por ver no solo quién la nombra sino cómo camina. La importancia de los nombres no es algo casual. “Nombrar hasta que sangre la flor”, dice Rocío. Y entonces, todo recupera su sentido.








