Además,
tengo una cama en la que, al tumbarme, desaparezco.
El
sueño me rapta y pacta el rescate con el despertador.
Ya
no construyo destrucciones de naves erróneas,
las
dejo devaluarse a las puertas de la piscifactoría.
Basta un chasquido para conseguir el ruido
(a
la soledad le he restado la edad
y
ahora es un montón de luces
fundidas
fundiéndose).
