domingo, 16 de junio de 2013

Cuarto vagón




Mi cuarto es un vagón. Estoy sentada de espaldas a donde vamos. Los demás pasajeros me observan, situados frente a mí. Miro por la ventanilla. Cuando se cruza ante mis ojos una arboleda móvil, ellos la han intuido, divisado, visto y olvidado. Todo paisaje fugaz se ha paseado antes por sus miradas. A mí me dejan las sobras de la velocidad: la retrospectiva. Oh, Jesusitodemividaeresniñocomoyo, estas reflexiones son propias de una madurez de ultratumba, sálvame de ellas, ¡sálvame de crecer! Pero... ¿por qué de pronto vamos tan despacio? Nos detenemos al borde de un precipicio. Hay un letrero en el que se lee: “Bienvenidos al fin del mundo”. Llegados a este punto, la única posibilidad de continuar el viaje es regresar; eso hacemos. Ahora soy yo la que va en el sentido de la marcha. Ahora son ellos los que van de espaldas, y yo hago pompas de saliva, y ellos se marean, y yo me quito y me pongo la cabeza, y algunos vomitan, y yo boto alegre en el asiento, y ninguno me soporta. Porque yo les estoy mirando a ellos, y me levanto, y les saco literalmente la lengua, uno a uno, de dos en dos, tres coma tres, el cuarto vagón. Despierto.

 De Fragmentos de una niña decapitadita

martes, 4 de junio de 2013

Recursos humanos




Eso de los test de personalidad
a rellenar en habitaciones blancas
junto a personas de color carne meditabunda
para definir psicologías de cara a puestos de trabajo
que reclaman actitudes mecánicas,
eso a mí me inquieta.

Mi personalidad es, al apagar las luces
y, pasados los primeros segundos oscuros,
una definición de lo cercano,
borrosa pero creíble.

Yo aún me pregunto
no por qué duermen tanto los bebés
sino con qué sueñan.
Ovillada, escondo el hilo
por el que se llega a mi perfil
de espaldas.



De I.M.I.