Mi cuarto es un vagón. Estoy sentada
de espaldas a donde vamos. Los demás pasajeros me observan, situados frente a
mí. Miro por la ventanilla. Cuando se cruza ante mis ojos una arboleda móvil,
ellos la han intuido, divisado, visto y olvidado. Todo paisaje fugaz se ha
paseado antes por sus miradas. A mí me dejan las sobras de la velocidad: la
retrospectiva. Oh, Jesusitodemividaeresniñocomoyo, estas reflexiones son
propias de una madurez de ultratumba, sálvame de ellas, ¡sálvame de crecer!
Pero... ¿por qué de pronto vamos tan despacio? Nos detenemos al borde de un
precipicio. Hay un letrero en el que se lee: “Bienvenidos al fin del mundo”.
Llegados a este punto, la única posibilidad de continuar el viaje es regresar;
eso hacemos. Ahora soy yo la que va en el sentido de la marcha. Ahora son ellos
los que van de espaldas, y yo hago pompas de saliva, y ellos se marean, y yo me
quito y me pongo la cabeza, y algunos vomitan, y yo boto alegre en el asiento,
y ninguno me soporta. Porque yo les estoy mirando a ellos, y me levanto, y les
saco literalmente la lengua, uno a uno, de dos en dos, tres coma tres, el
cuarto vagón. Despierto.
De Fragmentos de una niña decapitadita