sábado, 30 de noviembre de 2013

El ánfora



De pronto, recuerdo que no existo.
Y si no existo, no tengo brazos.
Y si no tengo brazos, no puedo ser una barca.
Por no tener, no tengo inquietudes
ni interés por la ubicación de los extintores
ni obligación de regar los geranios radioactivos
ni miedo a que el secador me explote en la cabeza
ni manías sentimentales, ni actitudes refractarias.
Y, sobre todo, no tengo… que madrugar.
A mí me mató un cubito de hielo
a las cinco y veinte aproximadamente.
Yazgo enterrada debajo del ánfora, 
en una oscuridad de cerámica.
Desde que no existo,
no soy tan desgraciada.

De Esta dichosa ansiedad doméstica

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cartografía simple


Su ciudad tenía dos calles: en una vivía él; en la otra, los demás. Sólo se perdió una vez.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Sentina 121





A mí vienen
las pieles mudadas,
el polvo compacto,
la mortaja del aceite,
los aspectos tóxicos.
Me sirve lo que no sirve.

Se evita pronunciar mi nombre
por temor a un infarto en la voz,
pero, por motivos que desconozco,
se puede apagar
cigarrillos en mi cuerpo
también hoy.


miércoles, 30 de octubre de 2013

Todo menos las nubes



He estado y escupido en tu casa, cartero, mientras tú estabas en la mía. He visto en la oficina postal, tu morada, a compañeros tuyos de trabajo, y también a personas esperando su turno para enviar o recibir palabras certificadas. No sé cómo eres, quién eres, pero no podías ser ninguno de los otros carteros con los que me he cruzado allí porque tú, mientras tanto, estabas en mi portal, dejándome un acuse de recibo. Da igual cuando salga a la calle porque en ese mismo momento vendrás tú a traerme algo. Por eso nunca he visto ni veré tu rostro. Tu voz sí la conozco. Eres ese tipo de persona que no agradece los favores concedidos. A veces llamas a mi portero. Pregunto quién es. “Cartero”, dices. Le doy al botón de apertura. No me das las gracias, desgraciado, y lo único que me indica que has entrado es el sonido de la puerta abrirse, abajo. Vivo en el primero y lo escucho todo menos las nubes. Podría bajar en ese justo momento y sorprenderte, pero entonces podría matarte. Un portazo, otra vez abajo, me comunica que te has ido. Siempre me dejas las cartas fuera, a la vista, encima de los demás buzones. Como si no supieras en cuál de ellos echarlas. Como si no supieras para quién son. Como si yo no existiera.