Imagínate ser como Bill pero, en vez de a Japón, te corresponde un viaje a Urano por poder llegar a ser comprador habitual de la marca de verdura congelada que acaba de quebrar. Improvisarías un karaoke sobre la marcha. La próxima vez, dentro de algo menos de veintiséis años, lo hacemos así: quedamos en Urano. Nos dejaremos llevar por el tenue girar de sus anillos tenues. Veremos veintisiete lunas. Escupiremos sobre el número cuatro. En el tren en el que viajaremos, se desplazan solas las puertas que separan los vagones cada dos por tres, sin que haya nadie detrás que quiera pasar (para qué pasar, pudiendo quedarse). Y cuando estemos acostumbrados a las bajas temperaturas de Urano, creeremos que en todas partes hará frío. Entonces, en ese momento, nos vamos a Marte. Dejamos caer al suelo nuestros abrigos; en unos segundos ya estarán fritos; en unos minutos, no existen. Vamos allí simplemente para echar la tarde y comprarnos unas gafas de sol. Después, volvemos a Urano. Nuestra piel se convierte en materia de mapa mientras transcurren ochenta y nueve años y podemos regresar. Antes de eso, yo habría cerrado los ojos durante el máximo tiempo posible para comprobar si, al abrirlos, seguirías ahí con la muerte espantada en tu pecho.
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