lunes, 21 de septiembre de 2026

La hoguera - Manuel Fabián Trigos Baena




La hoguera, de Manuel Fabián Trigos Baena, publicado por Eolas Ediciones este 2026, el libro que se salvará del fuego porque es el fuego, es una disertación sobre la vida y, por supuesto, sobre la muerte. El fuego es el aliento de los seres vivos, el alma, pero también es el destino al que nos dirigimos y del que podríamos (y esperamos) renacer.

Podemos encontrar en él poemas con un alto componente simbólico, poemas que nos acercan a un paisaje que queda detenido en estas páginas. Pero el hecho de que el paisaje quede aquí grabado no significa que permanezca imperturbable: cuando el lector lo procesa, pone al lector en movimiento y así el proceso se convierte en algo múltiple, interminable y contagioso. Como la antorcha que, en las Olimpíadas, pasa de mano en mano: en este caso, del corazón de Manuel Fabián al nuestro: imposible no quemarnos.

En una gran parte de los poemas, por no decir en casi-casi-casi todos, hay alguna alusión al fuego, bien a través de palabras inequívocas (llagas, ascuas, lumbre, luz, humo, velas, cenizas, infierno, aquelarre, derretir), bien mediante conceptos que pudieran evocar indirectamente ese fuego (oro, desierto, fábricas, la sensualidad, la avidez, el óxido, relámpagos, cigarras, neón). Todos estos términos levantan el viento que consigue que el fuego no se apague en ni una sola página.

No es La hoguera un libro de aquí te pillo, aquí te mato. No es un volumen de poemas con los que distraerse unos segundos libres entre un rato y otro No es un libro que se beba de un trago sino que necesita tiempo, atención, asimilación, aislamiento del exterior y sus ruidos… son poemas que, una vez digeridos, continúan en nuestro interior bifurcándose en otros posibles sentidos. Con una mano, Manuel Fabián Trigos Baena nos señala una puerta, y con la otra nos tiende una llave para que abramos dicha puerta en la medida que consideremos y/o necesitemos. Qué hay tras esa puerta: filosofía, conceptualismo, exactitud, el justo equilibrio para diferenciar la pregunta del dilema, un despliegue bárbaro de imágenes y el manejo magistral de un lenguaje único y personal mediante el que ejerce la traducción de lo universal, un lenguaje íntimo y esclarecedor con el que el autor trata de llegar con la palabra a donde llega con la mirada, y viceversa.

No es que el fuego sea la excusa para tratar temas como son el dolor, la incomprensión, la identidad, la defensa de las raíces a la vez que la de la autonomía, la conexión innata y auténtica con la naturaleza, la suavidad y la fiereza, sino que el fuego es el canal por el que el autor nos lleva hacia un reciclaje de la desolación y hacia la calma. Algo así como el unívoco camino de la lava. 

Además del fuego se atisba una insistencia continua en el hueco y en la forma (el ser no está sobre un sitio sino encajado dentro de él, así como el fuego queda encajado dentro de lo que arrasa e incita), y también una insistencia en el tránsito, en los ríos, en la herida. Aunque son varios los versos que podría traer por su alto poder conmovedor, elijo como cierre ese hermosísimo aforismo que nos brinda en el poema "Átomo": 

Las nubes son hijas del fósforo blanco.

Preguntado por su color preferido en esta época actual, confiesa que es el gris. Pero un gris bonito y rutilantemente vivo. Como el de la urbe.


 




No hay comentarios:

Publicar un comentario