A medio centímetro del suelo
se eleva, brota
con la excusa de la luz.
Un poema de Manu LF (a quien podéis leer y seguir en su blog
https://letrasquesemueven.blogspot.com/)
y que compartió en redes acompañado de esta fotografía de Sarolta Ban.
Lleno
La gente abre su corazón
como quien abre una puerta,
y así no puede ser.
Hay cosas que no caben en él;
los balones de playa,
las bicicletas,
o el viejo trineo roto.
La gente abre su corazón
como quien abre o cierra los ojos
y deja penetrar
onomatopeyas,
palabras muertas,
noticias quejumbrosas
o canciones que no les gustan.
La gente, la gente corriente
la gente y sus corazones,
sus corazones
y sus vacíos silenciosos.
Las puertas, las puertas blancas
las puertas y sus bisagras,
sus bisagras
y sus sonidos perennes.
La gente prostituye sus corazones y sus puertas.
¡Silencio, por favor!
Que nada se borra como con el fuego, que borra y mancha. Que poner un hotel en medio del vacío no siempre funciona.
Que los platos andan y con las manos.
Que aguantar más de dos meses en un pozo no sirve para nada pero que sobre su superficie pellizcan los más increíbles (ay, madre mía) destellos. Ay, madre mía (qué destellos...).
Si esperara algo, ya hace tiempo que me habría ido. Que no estaría en esta cosa.
Que habrían dejado de importarme la música y las toallas.
Que el frío te agarre del cuello y te pregunte por la calle a la que precisamente vas. Que preguntarte lo que sabe le sirva como excusa para hablarte del holocausto. Un ruido deportado, una separación, el vagón en el que viajan las pesadillas, la muerte de uniforme. En las ciudades que aquí se mencionan cualquiera se congelaría si no contuvieran un infierno. Cuando la poesía envuelve la rutina de las víctimas, suena como a hormigas transportando un cadáver. Cuando la infancia transcurre en un tiempo invariable (pasado, presente, condicional) la injusticia te agarra del cuello y te pregunta por la calle de la que precisamente vienes.
De los tres estados ordenados numéricamente, me quedo con el blanco.
Siempre el blanco aunque el azul.
Pero él fue enorme, abrazo, escucha, titán, diez aunque también tres y cinco y extensión de lo sensato. Violín, piano con manos de enorme amor. Y cómo puedo olvidarlo, si no quiero. Hombre bueno, hombre abrazo, mediador entre la isla y el mapa. ¡Qué suerte la mía! Porque él fue techo siempre, abierto a las ventanas que reflejan el atardecer en no cualquier parte. Escucha, titán, un caminar continuo silencioso y cristal. Era el hombre cuyo respirar viajaba en barca. Era generosidad, pila, cerezas o el buen tiempo, once otra vez. Era mi padre y mayo, un corazón muy grande, el vértigo.